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domingo, 29 de marzo de 2015

¿Es mi vecino un asesino?: Psicopatía subclínica



Cuando escuchamos la palabra psicópata pensamos en un asesino la mayor parte de las veces. ¿Y si os dijera que es algo más común de lo que nos pensamos? Os preguntaréis ¿es mi vecino un asesino y un psicópata? Puede, pero una cosa no implica la otra.
La respuesta a eso se encuentra en una aclaración sencilla. La psicopatía que tenemos asociada con los asesinos en serie y los que vemos en las series de crímenes es un tipo de psicopatía.
Por otro lado existe un psicópata que se define como psicópata subclínico que no llega a delinquir o por lo menos de la forma en que lo hace el que nosotros consideramos el psicópata por excelencia.
Esta clase de psicópatas se pueden encontrar a nuestro alrededor (lo cual no quiere decir que corramos peligro o que nos puedan matar en cualquier momento ya que como he dicho esta clase de psicópatas no delinque) en el mundo laboral…
¿Cuál sería la sintomatología o las características que nos pueden ayudar a saber si, como dice el título nuestros vecinos son unos psicópatas? Los psicópatas subclínicos son:
·         -Muy inteligentes y con mucha labia (o mucha capacidad de engatusar).
·        - Completamente y absolutamente racionales, no tienen ningún tipo de alucinaciones, no es lo mismo ser un psicópata que ser un esquizofrénico.
·        -Carecen de actitudes nerviosas en las situaciones en las que normalmente cualquiera se estaría tirando de los pelos.
·        - Son incapaces de sentir vergüenza o remordimientos.
·        - Son egocentristas.
·        -Mantienen relaciones superficiales.
Por supuesto hay otros síntomas aunque yo he cogido los más comunes. Además decir que son manipuladores natos (tienen mucho éxito en determinados ámbitos del campo laboral debido a esta razón y a la de su buen uso del lenguaje).
En fin chicos, aquí os queda el artículo por si lo queréis leer completo. Está súper interesante, sobre todo para irnos quitando poco a poco la idea de que todo psicópata es un asesino.

viernes, 20 de marzo de 2015

Una Sociedad Violenta

La violencia en el juego se ha convertido en uno de los temas candentes, que últimamente parecen generarse descontroladamente. Surgen muchas preguntas ¿el juego nos hace violentos o más bien es resultado del reflejo de nuestra conducta violenta?

El fútbol es el deporte más conocido, el más seguido, el que tiene estadios más grandes, el que despierta más aficionados. Ya no son solo los enfrentamientos violentos  e irrespetuosos, como pueda ser el de los padres contra el árbitro en un partido de su hijo/a, sino fenómenos macrosociales que enseñan la peor cara del juego profesional y del ser humano.  

No hace poco, fuimos espectadores de acontecimientos violentos en el fútbol como la muerte del aficionado del Depor tras una 'batalla' entre el Frente Atlético y Riazor Blues o los cánticos machistas del Villamarín a favor de la violencia de género.

Todos estos sucesos también son temas de interés para la Psicología, por ello a continuación cuelgo un artículo del Psicólogo clínico y forense,  José Manuel Aguilar Cuenca que realiza una reflexión sobre la violencia en el juego.


EL juego permite al hombre desarrollar sus habilidades sociales, el lenguaje o el desarrollo de reglas. El juego es esencial en nuestro proceso de integración en la sociedad y su aparición define los distintos estadios por donde transcurre el desarrollo del ser humano. Lo interesante de juegos como el fútbol es que tienen establecidas reglas de funcionamiento, así como sanciones cuando no se acatan. Es un espacio acotado, bien definido, donde todos saben a qué atenerse, para bien, o para mal. Es decir, está dentro del grupo de enseñanzas que nos educan sobre qué se espera de nosotros, cómo nos relacionamos, qué podemos hacer y qué no y, aún más importante, qué consecuencias tendrá cada conducta.
Existen multitud de actividades humanas en donde no podemos elegir si participamos o no. Nos encontramos en medio de un atasco no por deseo de gastar nuestro tiempo dentro de una urna de metal y cristal, sino porque necesitamos ir a nuestro puesto de trabajo. El fútbol no entra dentro de ese grupo. Al fútbol uno no está obligado a ir. Lo elige como ocio o como pasión. O al menos eso parecería en un principio, pues acontecimientos como los que hemos vivido hace unos días parecen encajar mal en esta afirmación.
La realidad es que eso que una gran mayoría valoramos como algo voluntario se ha convertido para algunos en un elemento que les define como sujetos. En algo así como un credo o razón de ser. Ya no se llaman Juan o Encarnación, ahora son el hincha del club tal o un miembro de la sección radical del equipo cual. Eso hace que la valoración que hacen de un comentario contrario o un resultado desfavorable lo consideren un atentado a su propia integridad, con lo que no dudarán en poner en riesgo hasta su vida. Como sociedad, tal vez lo más importante pudiera ser plantearse por qué algo tan bueno, tan necesario, tan cargado de posibilidades para hacer crecer al sujeto y al grupo se torna en algo despreciable. A mi modo de ver mucho tiene que ver con que este tipo de sujetos viven el juego como algo esencial, algo que les define, como a usted o a mí nos define que somos parejas de, hijos de o padres de. El fútbol puede estar llenando muchas vidas alienadas, dando sentido al vacío.

El juego así entendido se convierte en un escenario donde saltarse las reglas. Pudiera parecer que como es algo inicialmente inocente tuviera menos importancia; sin embargo, comprobamos dramáticamente cómo una y otra vez esto tiene trágicas consecuencias. Una conducta, por natural que parezca, requiere de un escenario y condiciones para su aparición y aquí tenemos alguna pista de lo que como sociedad podemos hacer. En nuestra educación más reciente, hemos aprendido a no pasar impasibles ante conductas que utilizan la violencia cuando somos testigos de su uso en la calle. En algunos casos intervenimos para detenerla, como la valiente Tugce Albayrak, cuyo acto de enfrentarse a los acosadores de unas chicas le ha costado la vida; en otros nos movilizamos para llamar a la Policía. Por tanto, podríamos decir que somos responsables todos, por acción o por omisión.

Una segunda cuestión es que la violencia en el juego no aparece de golpe. En un proceso de fermentación que muchas veces arranca en el propio césped del estadio, los programas de debate o en el discurso de los dirigentes de los clubes. De los animadores en las luchas grecorromanas, amigos y familiares seguramente, a los hooligans británicos la evolución ha ido pareja a un aumento en las consecuencias de los actos de sus protagonistas. Eso nos da otra vía para intervenir ante este problema. No podemos hacer excepción, ni justificar la mínima conducta, pues puede ser la primera piedra que arrancará el alud en un terreno inestable.
En una sociedad donde la paz es vasalla de la violencia, si nos atenemos al valor que se da a ser competitivo, a buscar ser el mejor en los estudios o el trabajo sin reparar mucho en los medios para lograrlo, tampoco nos podemos extrañar de que de vez en cuando nos salpique a la cara nuestra propia hipocresía. A toro pasado se nos llena la boca de lamentos y recriminaciones, pero esta sociedad tiene a la violencia como uno de sus rasgos más definitorios. Sólo tenemos que encender la televisión o leer un periódico. En algunos sectores esta presencia se puede considerar idolatría y afecta a los más pequeños de entre nosotros, convirtiéndose en su ocio a través de videojuegos o películas.

Faulkner nos recordó que hablar del mal -no tocarlo, no participar, no defenderlo o rechazarlo, simplemente hablar de él- contamina. Cómo vamos a salir indemnes si allí donde posemos la vista la violencia nos sale al encuentro. No se puede nadar en la basura y querer oler bien. A lo mejor debemos probar a dejar de nadar. O aceptar resignados que somos seres con rincones donde habitan sombras que nos da vergüenza mirar. 

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