La violencia en el juego se ha
convertido en uno de los temas candentes, que últimamente parecen generarse
descontroladamente. Surgen muchas preguntas ¿el juego nos hace violentos o más bien
es resultado del reflejo de nuestra conducta violenta?
El fútbol es el deporte más conocido, el más seguido, el que tiene estadios más grandes, el que despierta más aficionados. Ya no son solo los enfrentamientos violentos e irrespetuosos, como pueda ser el de los padres contra el árbitro en un partido de su hijo/a, sino fenómenos macrosociales que enseñan la peor cara del juego profesional y del ser humano.
No hace poco, fuimos espectadores de acontecimientos
violentos en el fútbol como la muerte del aficionado del Depor tras una
'batalla' entre el Frente Atlético y Riazor Blues o los cánticos machistas del
Villamarín a favor de la violencia de género.
Todos estos sucesos también son temas de
interés para la Psicología, por ello a continuación cuelgo un artículo
del Psicólogo clínico y forense, José
Manuel Aguilar Cuenca que realiza una reflexión sobre la violencia en el juego.
EL juego permite al hombre
desarrollar sus habilidades sociales, el lenguaje o el desarrollo de reglas. El juego es esencial en nuestro proceso de
integración en la sociedad y su aparición define los distintos estadios por
donde transcurre el desarrollo del ser humano. Lo interesante de juegos como el
fútbol es que tienen establecidas reglas de funcionamiento, así como sanciones
cuando no se acatan. Es un espacio acotado, bien definido, donde todos saben a
qué atenerse, para bien, o para mal. Es decir, está dentro del grupo de
enseñanzas que nos educan sobre qué se espera de nosotros, cómo nos
relacionamos, qué podemos hacer y qué no y, aún más importante, qué
consecuencias tendrá cada conducta.
Existen multitud de actividades humanas en donde no podemos elegir si
participamos o no. Nos encontramos en medio de un atasco no por deseo de gastar
nuestro tiempo dentro de una urna de metal y cristal, sino porque necesitamos
ir a nuestro puesto de trabajo. El fútbol no entra dentro de ese grupo. Al
fútbol uno no está obligado a ir. Lo elige como ocio o como pasión. O al menos
eso parecería en un principio, pues acontecimientos como los que hemos vivido
hace unos días parecen encajar mal en esta afirmación.
La realidad es que eso que una
gran mayoría valoramos como algo voluntario se ha convertido para algunos en un
elemento que les define como sujetos. En algo así como un credo o razón de ser. Ya no se llaman Juan o Encarnación, ahora
son el hincha del club tal o un miembro de la sección radical del equipo cual.
Eso hace que la valoración que hacen de un comentario contrario o un resultado
desfavorable lo consideren un atentado a
su propia integridad, con lo que no dudarán en poner en riesgo hasta su vida.
Como sociedad, tal vez lo más importante pudiera ser plantearse por qué algo
tan bueno, tan necesario, tan cargado de posibilidades para hacer crecer al
sujeto y al grupo se torna en algo despreciable. A mi modo de ver mucho tiene
que ver con que este tipo de sujetos viven el juego como algo esencial, algo
que les define, como a usted o a mí nos define que somos parejas de, hijos de o
padres de. El fútbol puede estar llenando muchas vidas alienadas, dando sentido
al vacío.
El juego así entendido se convierte en un escenario donde saltarse las
reglas. Pudiera parecer que como es algo
inicialmente inocente tuviera menos importancia; sin embargo, comprobamos
dramáticamente cómo una y otra vez esto tiene trágicas consecuencias. Una
conducta, por natural que parezca, requiere de un escenario y condiciones para
su aparición y aquí tenemos alguna pista de lo que como sociedad podemos hacer.
En nuestra educación más reciente, hemos aprendido a no pasar impasibles ante
conductas que utilizan la violencia cuando somos testigos de su uso en la
calle. En algunos casos intervenimos para detenerla, como la valiente Tugce
Albayrak, cuyo acto de enfrentarse a los acosadores de unas chicas le ha
costado la vida; en otros nos movilizamos para llamar a la Policía. Por tanto,
podríamos decir que somos responsables todos, por acción o por omisión.
Una segunda cuestión es que la violencia en el juego no aparece de
golpe. En un proceso de fermentación que muchas veces arranca en el propio
césped del estadio, los programas de debate o en el discurso de los dirigentes
de los clubes. De los animadores en las luchas grecorromanas, amigos y
familiares seguramente, a los hooligans británicos la evolución ha ido pareja a
un aumento en las consecuencias de los actos de sus protagonistas. Eso nos da
otra vía para intervenir ante este problema. No podemos hacer excepción, ni justificar la mínima conducta, pues
puede ser la primera piedra que arrancará el alud en un terreno inestable.
En una sociedad donde la paz es
vasalla de la violencia, si nos
atenemos al valor que se da a ser competitivo, a buscar ser el mejor en los
estudios o el trabajo sin reparar mucho en los medios para lograrlo, tampoco
nos podemos extrañar de que de vez en cuando nos salpique a la cara nuestra
propia hipocresía. A toro pasado se nos llena la boca de lamentos y
recriminaciones, pero esta sociedad
tiene a la violencia como uno de sus rasgos más definitorios. Sólo tenemos
que encender la televisión o leer un periódico. En algunos sectores esta
presencia se puede considerar idolatría y afecta a los más pequeños de entre
nosotros, convirtiéndose en su ocio a través de videojuegos o películas.
Faulkner nos recordó que hablar del mal -no tocarlo, no participar, no
defenderlo o rechazarlo, simplemente hablar de él- contamina. Cómo vamos a
salir indemnes si allí donde posemos la vista la violencia nos sale al
encuentro.
No se puede nadar en la
basura y querer oler bien. A lo mejor debemos probar a dejar de nadar. O
aceptar resignados que somos seres con rincones donde habitan sombras que nos
da vergüenza mirar.
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